La invencible ubicuidad de las cámaras
En la pasada Era Industrial, allá hace trece años, se montaban unos escándalos de cuidado cuando se fotografiaba a alguien sin permiso. Los canales de expresión de la imagen eran, obviamente, mucho más restringidos, así que era relativamente fácil hablar con tres o cuatro personas influyentes para asegurarse de que las fotos no saldrían a la luz pública. Aún hoy, no le he dedicado ni diez minutos, pero no encontrar la famosa foto de Lady Di en el gimnasio tras diez largos minutos de búsqueda me parece asombroso. Sin embargo, las fotos de su cadáver fresco están al alcance de cualquiera: pertenecen a esta Era.
Hace unos días todos hemos contemplado reflexivos las intimidades de Britney Spears sin que la noticia haya abierto telediarios, encabezado periódicos o provocado la conmoción general.
Recuerdo el último concierto en el que me registraron para ver si llevaba cámara de fotos. Fue hace unos tres años, ya existían móviles con cámara, y ni el propio segurata se tomaba en serio su trabajo de meter mano en mochilas ajenas.
Hoy, los Beastie Boys reparten 50 cámaras entre el público de un concierto para montar un DVD con el material resultante. Aquí un reportaje sobre el experimento:
Sucede cada vez que se adapta una nueva tecnología: hay quien ve sólo los puntos débiles. En 1865, cuando los automóviles no se producían industrialmente (y de hecho no existían como tales) se aprobó en Inglaterra la famosa ley de la bandera roja, que obligaba a los automóviles que ocuparan vías públicas a ir precedidos por un peatón agitando la banderita (que va directo a la lista de empleos ridículos).
Hoy, como equivalente aproximado, tenemos la ilegal prohibición de tomar fotografías a estaciones de tren (quede claro que en España, al contrario que en Corea del Norte, nadie te puede impedir tomar una foto en un sitio público por mucho que se emperre). No me sumo a la campaña de altavelocidad.org porque estas instrucciónes -es lo que son, al fin y al cabo: unas instrucciones de la dirección a los servicios de seguridad- caen por su propio peso. Diariamente circulan por los trenes españoles millones de teléfonos y cámaras de fotos. Usarlos es tan fácil como hacer clic. Yo pienso hacerlo.
Hace unos días todos hemos contemplado reflexivos las intimidades de Britney Spears sin que la noticia haya abierto telediarios, encabezado periódicos o provocado la conmoción general.
Recuerdo el último concierto en el que me registraron para ver si llevaba cámara de fotos. Fue hace unos tres años, ya existían móviles con cámara, y ni el propio segurata se tomaba en serio su trabajo de meter mano en mochilas ajenas.
Hoy, los Beastie Boys reparten 50 cámaras entre el público de un concierto para montar un DVD con el material resultante. Aquí un reportaje sobre el experimento:
Sucede cada vez que se adapta una nueva tecnología: hay quien ve sólo los puntos débiles. En 1865, cuando los automóviles no se producían industrialmente (y de hecho no existían como tales) se aprobó en Inglaterra la famosa ley de la bandera roja, que obligaba a los automóviles que ocuparan vías públicas a ir precedidos por un peatón agitando la banderita (que va directo a la lista de empleos ridículos).
Hoy, como equivalente aproximado, tenemos la ilegal prohibición de tomar fotografías a estaciones de tren (quede claro que en España, al contrario que en Corea del Norte, nadie te puede impedir tomar una foto en un sitio público por mucho que se emperre). No me sumo a la campaña de altavelocidad.org porque estas instrucciónes -es lo que son, al fin y al cabo: unas instrucciones de la dirección a los servicios de seguridad- caen por su propio peso. Diariamente circulan por los trenes españoles millones de teléfonos y cámaras de fotos. Usarlos es tan fácil como hacer clic. Yo pienso hacerlo.

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