16 diciembre 2006

Teclados: mi tecla enter

Os presento a la tecla enter de mi ordenador con todas sus caspillas:



Hay varias cosas que hacen de esta tecla un mal diseño: para empezar, es más pequeña que la tecla de mayúsculas que tiene justo debajo; un usuario normal pulsa muchas más veces el enter que el shift derecho (aunque sólo sea porque hay dos shifts). Pero lo más enervante es esa tecla Ç, letra que acabo de usar por primera vez en años. Es incluso ligeramente más ancha que las demás letras.

Personalmente, tengo la impresión de que la Ç ocupa en mi teclado un lugar que le ha robado al enter. Apostaría a que todas las veces que la he pulsado (excepto las necesarias para este post) ha sido por error. Para empezar, estoy muy acostumbrado a los clásicos teclados de sobremesa, donde el enter tiene forma de L y ocupa al menos dos filas de teclas:


Sin embargo, la disposición escalonada de mi teclado es cada vez más común en los ordenadores españoles: un shift de más o menos tres módulos (tomando como módulo la tecla de cualquier letra), un enter de dos módulos y una tecla variable: en España suele ser la Ç, pero en los teclados estadounidenses -donde escasean los enters grandes- es siempre la contrabarra \


Tengo la impresión de que la popularidad del enter de una fila es una colonización cultural por medio del diseño, pues otros formatos de teclado mayoritarios -el infame AZERTY francés, el QWERTZ alemán y el japonés, he estado mirando- suelen usar un enter de portátil, que ocupa dos filas como el del teclado de sobremesa, pero con la parte superior más ancha que la inferior. Este tipo de tecla, si está al borde del teclado, es mucho más fácil de localizar por el dedo ciego. Fijaos de paso en la ß en este teclado alemán:

La invencible ubicuidad de las cámaras

En la pasada Era Industrial, allá hace trece años, se montaban unos escándalos de cuidado cuando se fotografiaba a alguien sin permiso. Los canales de expresión de la imagen eran, obviamente, mucho más restringidos, así que era relativamente fácil hablar con tres o cuatro personas influyentes para asegurarse de que las fotos no saldrían a la luz pública. Aún hoy, no le he dedicado ni diez minutos, pero no encontrar la famosa foto de Lady Di en el gimnasio tras diez largos minutos de búsqueda me parece asombroso. Sin embargo, las fotos de su cadáver fresco están al alcance de cualquiera: pertenecen a esta Era.

Hace unos días todos hemos contemplado reflexivos las intimidades de Britney Spears sin que la noticia haya abierto telediarios, encabezado periódicos o provocado la conmoción general.

Recuerdo el último concierto en el que me registraron para ver si llevaba cámara de fotos. Fue hace unos tres años, ya existían móviles con cámara, y ni el propio segurata se tomaba en serio su trabajo de meter mano en mochilas ajenas.

Hoy, los Beastie Boys reparten 50 cámaras entre el público de un concierto para montar un DVD con el material resultante. Aquí un reportaje sobre el experimento:



Sucede cada vez que se adapta una nueva tecnología: hay quien ve sólo los puntos débiles. En 1865, cuando los automóviles no se producían industrialmente (y de hecho no existían como tales) se aprobó en Inglaterra la famosa ley de la bandera roja, que obligaba a los automóviles que ocuparan vías públicas a ir precedidos por un peatón agitando la banderita (que va directo a la lista de empleos ridículos).

Hoy, como equivalente aproximado, tenemos la ilegal prohibición de tomar fotografías a estaciones de tren (quede claro que en España, al contrario que en Corea del Norte, nadie te puede impedir tomar una foto en un sitio público por mucho que se emperre). No me sumo a la campaña de altavelocidad.org porque estas instrucciónes -es lo que son, al fin y al cabo: unas instrucciones de la dirección a los servicios de seguridad- caen por su propio peso. Diariamente circulan por los trenes españoles millones de teléfonos y cámaras de fotos. Usarlos es tan fácil como hacer clic. Yo pienso hacerlo.